Existe una imagen, casi cinematográfica, que al gran artista alemán Georg Baselitz le encanta relatar cuando recuerda su primer encuentro con Florencia en 1965. Sentado a la mesa de un restaurante, hojeaba un catálogo de Ottone Rosai. Un camarero, al pasar, lo reconoció de inmediato: «¡Oh, Ottone Rosai!». En esa frase fulminante se encontraba todo el destino de un hombre que fue, al mismo tiempo, el alma popular de su ciudad y un gigante incomprendido fuera de las murallas toscanas.
Es precisamente de este vínculo visceral, hecho de calles polvorientas y cenáculos intelectuales, de donde nace “Ottone Rosai. Poeta ante todo”, la nueva gran exposición acogida en el Museo Novecento de Florencia hasta el 4 de octubre de 2026.

Un tesoro finalmente reunido
Comisariada por Sergio Risaliti, la muestra es una operación de «recomposición» histórica y afectiva. Por primera vez, el recorrido expositivo confronta dos vertientes de la producción rosiana hasta ahora separadas: las obras del Legado Rosai —los cuadros que permanecieron en el estudio del pintor hasta su muerte en 1957— y las obras maestras de la Colección Alberto Della Ragione.
Se trata de un diálogo intenso entre el Rosai público y el privado; entre el artista que cautivaba a los coleccionistas y el hombre que, en el silencio de su estudio en vía di San Leonardo, seguía excavando en la existencia con la fuerza de un «gamberro» gentil.

Entre las cúpulas de Brunelleschi y los cafés de los intelectuales
Al pasear por las salas del museo, uno se topa con una Florencia que parece no haber pasado nunca. Por un lado están los lugares: las iglesias del Carmine y de Santo Spirito, el perfil del Palazzo Vecchio, pero también esos olivares y viñedos que rodean la ciudad, pintados con un aire que resulta, paradójicamente, modernísimo y antiquísimo a la vez.
Por otro lado, está el hombre. Rosai no solo pintaba muros, sino rostros. Los de sus amigos, poetas y escritores (como el inseparable Giovanni Papini) y de toda esa comunidad inquieta que, entre las dos guerras, mantenía vivo el «Renacimiento» en los cafés y estudios. Gracias a la colaboración con el Gabinetto Vieusseux, la muestra exhibe también documentos y cartas que revelan a un Rosai escritor, capaz de usar la pluma con la misma «sensibilidad brutal» que el pincel.

Un puente hacia el futuro
No es casualidad que esta exposición abra sus puertas pocos días después de la inauguración de una retrospectiva dedicada precisamente a Georg Baselitz. Situar a Rosai junto a uno de los pesos pesados del arte contemporáneo mundial significa sacarlo de la vitrina de «pintor local» para devolverle su papel de intérprete universal del drama humano.
Como recordó el concejal de cultura Giovanni Bettarini, celebrar a Rosai hoy significa honrar una Florencia que no es solo un museo al aire libre, sino un «laboratorio de reflexión profunda«.
En estas setenta obras, entre luces y sombras, estabilidad y precariedad, emerge la figura de un artista que supo transformar una acera de periferia en una catedral del espíritu. Porque Rosai, antes de ser pintor, fue —precisamente— un poeta. Y su poesía, hoy más que nunca, todavía necesita ser respirada.

Foto: Ufficio stampa Museo Novecento
Foto copertina: PH. Leonardo Morfini






