Muchos nombres para un mismo ingenio florentino
Buchette, ventanillas, tabernáculos, puertecillas, ventanucos, sportellini… son solo algunos de los nombres con los que se conocen en Toscana las buchette del vino, esas pequeñas aberturas en las fachadas de los palacios renacentistas. Durante un paseo con Matteo Faglia, presidente de la Associazione Buchette del Vino, y la Asociación Lo Struscio Fiorentino, descubrimos su historia fascinante y el esfuerzo actual por preservarlas.

Desde 2015, la asociación se dedica a censar, estudiar, documentar y difundir este patrimonio único. Gracias a su trabajo sabemos que hoy existen 161 buchette dentro de las murallas de Florencia y 27 fuera de ellas, además de 115 en el resto de la Toscana. Incluso se han documentado más de 100 “desaparecidas”, visibles solo en archivos o antiguos registros.
Origen y función en la Florencia del Renacimiento
Estas ventanas nacieron en el siglo XVI, cuando la nobleza florentina —familias como los Frescobaldi, Antinori, Ginori, Peruzzi o Strozzi—, alentada por el Gran Duque Francesco I, comenzó a vender directamente el vino de sus fincas rurales a través de las buchette, con ventajas fiscales incluidas. De este modo, los palacios se convirtieron también en puntos de venta.
Las buchette tenían una forma arqueada y una medida estándar de unos 20 x 30 cm, suficiente para que pasara un fiasco de un litro. El cliente llamaba con un llamador metálico, entregaba el recipiente vacío y unas monedas; el sirviente lo enjuagaba, lo llenaba y lo devolvía. Curiosamente, había excepciones para poder comprar vino fuera de horario: los soldados y las mujeres que acababan de dar a luz o embarazadas, pues se decía que “el vino hace buena sangre”.


En el siglo XVII, durante las epidemias de peste, las buchette se usaban para limitar el contacto entre vendedor y comprador. Cuatrocientos años después, durante la pandemia de COVID-19, algunas se reactivaron con la misma lógica: servir vino, café o incluso helados de manera segura.
Un patrimonio en riesgo pero vivo
No existen dos buchette iguales. Muchas aún permanecen tapiadas o han perdido la puertecilla de madera original. La asociación coloca placas de bronce con la inscripción Wine Window e interviene para protegerlas con la Soprintendenza.
Entre las mejor conservadas se encuentran en via del Trebbio (Palazzo Antinori), via Santo Spirito, via del Giglio y via Palchetti. Los barrios con mayor concentración son Borgo degli Albizi, San Frediano, Borgo Pinti y San Niccolò, zonas de paso entre casa y trabajo donde era habitual detenerse a comprar vino.

Durante más de cuatro siglos, las buchette fueron parte de la vida cotidiana de todos los estratos sociales. Para la nobleza florentina representaban un vínculo directo con el comercio y el dinero, algo impensable para la aristocracia europea, que quedaba atónita ante esta costumbre durante el Grand Tour.
Itinerarios y curiosidades
Hoy es posible seguir rutas a pie que permiten descubrirlas y conocer su historia gracias a las guías y mapas creados por la asociación. Una curiosidad: en algunas se conservan inscripciones antiguas que indicaban los horarios de apertura, distintos en invierno y en verano.
Eso sí, al pasear por Florencia conviene no confundir las buchette con otros pequeños compartimentos que se encuentran junto a los tabernáculos: en ellos, los lumai guardaban el aceite y el mecanismo para iluminar las lámparas votivas.

Foto credits: Redacción El Duomo
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